Cada día alguien cocina, limpia, cuida y acompaña. Sin ese trabajo ninguna sociedad podría funcionar y, sin embargo, apenas cuenta para la economía convencional: no tiene salario, no aparece en el PIB y recae, sobre todo, en las mujeres. Conviene cambiar de mirada, adoptar una perspectiva feminista y aplicar la lente violeta a la economía para ver más allá de sus sesgos y falacias. ¿Por qué el trabajo que sostiene la vida sigue siendo invisible?
Una corriente con historia
El marxismo feminista lleva más de siglo y medio haciéndose esa pregunta. De Flora Tristán, Clara Zetkin, Rosa Luxemburgo o Alexandra Kollontai a Silvia Federici, Angela Davis, Lise Vogel o Nancy Fraser, muchas pensadoras han mostrado que la desigualdad no es natural ni casual: está ligada a cómo se organizan el trabajo, la propiedad y la riqueza.
Sus raíces se remontan al siglo XIX. Friedrich Engels y August Bebel ya señalaron que la familia y la subordinación de las mujeres no eran hechos naturales, sino instituciones históricas. A comienzos del siglo XX, Clara Zetkin impulsó un Día Internacional de la Mujer; Rosa Luxemburgo vinculó el voto de las trabajadoras con la lucha de clases y explicó que el capital necesita apropiarse de lo que no es mercancía; y Alexandra Kollontai defendió socializar las tareas domésticas mediante comedores, lavanderías y escuelas infantiles colectivas.
El gran giro llegó en los años setenta. Mariarosa Dalla Costa, Selma James y Silvia Federici mostraron que el trabajo doméstico no es un resto del pasado, sino una pieza imprescindible del capitalismo: cada día produce y repone la fuerza de trabajo que después se vende en el mercado. De ahí nació la campaña Salario para el Trabajo Doméstico, cuyo objetivo era, sobre todo, hacer visible ese trabajo. Se abrió también un intenso debate: ¿son el patriarcado y el capitalismo dos sistemas distintos que se refuerzan, como planteaba Heidi Hartmann, o una única realidad, como defendía Lise Vogel? Al mismo tiempo, Angela Davis y el Colectivo del Río Combahee recordaron que la clase y el género no pueden separarse de la raza.
Una mirada plenamente vigente
Esta mirada crítica y feminista está plenamente vigente, con aportaciones fundamentales para contribuir a transformar el modelo económico y de sociedad. La teoría de la reproducción social de Tithi Bhattacharya, la crítica de Nancy Fraser al «capitalismo caníbal», las huelgas feministas del 8 de marzo y el diálogo con el ecofeminismo de Yayo Herrero renuevan hoy los planteamientos ante una crisis de los cuidados que se entrelaza con la precariedad laboral, la vivienda inaccesible y la emergencia climática.
La teoría de la reproducción social parte de una pregunta sencilla: ¿quién produce a las personas trabajadoras? Antes de llegar a una oficina, una fábrica o una plataforma digital, alguien ha tenido que alimentarlas, cuidarlas, educarlas y atenderlas cuando enferman. Una parte de ese trabajo se hace gratis en los hogares; otra, en servicios públicos cada vez más tensionados; y otra, en empleos de cuidados mal pagados, desempeñados en gran medida por mujeres migrantes. Así se forman las cadenas globales de cuidados, que trasladan las desigualdades de un país a otro. Y cuando se recortan los servicios públicos, ese trabajo no desaparece: vuelve a los hogares y, sobre todo, a las mujeres.
La vivienda es hoy uno de los ejemplos más claros. Desde el marxismo feminista, la casa no es solo un bien de mercado: es el espacio donde se cuida, se descansa y se reproduce la vida cada día. Cuando el alquiler o la hipoteca absorben buena parte de los ingresos, se recorta el tiempo y los recursos para cuidar, se retrasan proyectos vitales y aumenta la dependencia económica, sobre todo para las mujeres solas con hijas e hijos a cargo y las mujeres mayores. Por eso no es casual que muchas mujeres estén al frente de la movilización social por una vivienda digna que recorre hoy las ciudades del Estado. Sindicatos de inquilinas, la Plataforma de Afectados por la Hipoteca y redes vecinales reclaman frenar la especulación, regular los alquileres y ampliar el parque de vivienda pública, y recuerdan que sin un techo asequible no hay sostenibilidad de la vida posible.
De la crítica a la propuesta: la economía feminista
Hoy la economía feminista recoge ese legado y lo amplía. Nos ayuda a ver cómo los impuestos, los permisos o los servicios públicos pueden perpetuar el reparto injusto de los cuidados, o contribuir a transformarlo. Autoras como Lourdes Benería, Cristina Carrasco, Amaia Pérez Orozco, Corina Rodríguez, Mercedes d’Alessandro, María Pazos, Astrid Agenjo o Carmen Castro, entre muchas otras, han hecho visible el iceberg de los cuidados, han puesto la sostenibilidad de la vida en el centro y dirigen la atención de forma prioritaria a las políticas públicas, haciendo emerger la enorme cantidad de trabajo no pagado que se extrae de las mujeres y que alimenta el sistema de acumulación capitalista.
Lourdes Beníería fue una de las primeras en tender puentes entre el análisis marxista de la reproducción y la economía del desarrollo. Amaia Pérez Orozco ha descrito un conflicto de fondo entre el capital y la vida: el sistema económico prioriza el beneficio, mientras las necesidades de las personas se resuelven en los márgenes. María Pazos ha mostrado cómo la fiscalidad y los permisos desiguales empujaban a las mujeres a reducir su jornada o a abandonar el empleo. Junto a Carmen Castro, impulsó la Plataforma por Permisos Iguales e Intransferibles, cuya reivindicación se hizo realidad en España en 2021 con la equiparación de los permisos por nacimiento. Castro, por su parte, insiste en que las transiciones económicas y ecológicas necesitan claves feministas o reproducirán las mismas desigualdades.
Formación y diálogo para otro modelo de sociedad
Pero la transformación del modelo de sociedad no llegará de manera espontánea. Necesitamos herramientas para entender qué está pasando y quién está pagando el coste del reparto injusto actual. La formación feminista desde la economía crítica nos permite desmontar la idea de que el mercado lo resuelve todo y nombrar lo que el discurso económico dominante oculta. También nos da argumentos para exigir políticas públicas que no den por hecho que siempre habrá alguien, casi siempre una mujer, dispuesta a cuidar gratis.
Esas políticas tienen nombres concretos. La economía feminista defiende una reforma fiscal progresiva, con tributación individual y sin deducciones que premien el modelo de «hombre sustentador y mujer cuidadora», que grave en mayor medida la riqueza y las rentas del capital y permita financiar servicios públicos de cuidados universales y de calidad. Defiende también el refuerzo del sistema público de pensiones, porque las carreras laborales interrumpidas por los cuidados se traducen en una brecha de género en las pensiones que condena a muchas mujeres mayores a la pobreza. A ello se suman los permisos iguales e intransferibles, la reducción de la jornada laboral para que haya tiempo para cuidar y para vivir, y el pleno reconocimiento de los derechos de las trabajadoras del hogar. No se trata solo de repartir mejor las tareas en casa, sino de reorganizar la economía para que la vida, y no el beneficio económico, sea su prioridad.
Y necesitamos diálogo entre generaciones, entre movimientos y entre la teoría y la experiencia cotidiana, porque nadie tiene todas las respuestas. Solo compartiendo saberes y preguntas incómodas podremos imaginar y construir otro modelo de sociedad, más justo, igualitario, corresponsable y sostenible, en el que cuidar no sea una carga invisible, sino una responsabilidad colectiva.

