Hablar del tiempo no remunerado exige desplazar la mirada hacia una dimensión central de la desigualdad que con demasiada frecuencia permanece oculta. Los cuidados sostienen la vida, garantizan la reproducción cotidiana de las personas y hacen posible el funcionamiento de los hogares, de las comunidades y de la economía. Sin embargo, ese tiempo imprescindible sigue siendo apropiado socialmente como si fuese un recurso inagotable y disponible, ajeno al conflicto distributivo y carente de valor económico. En esa apropiación descansa una parte sustantiva del empobrecimiento de las mujeres; de ahí el título Cuando el tiempo no remunerado empobrece.
El pasado 6 de junio tuvo lugar en Madrid la jornada sobre Los tiempos de las mujeres organizadas desde la Asociación Mujeres por la Salud, en la que se abrió una reflexión y debate en el que participaron más de 120 mujeres; una reflexión compartida muy necesaria sobre el empleo del tiempo como determinante de la salud de las mujeres.
Desde una perspectiva feminista, politizar el tiempo significa reconocer que su distribución no es neutra. El tiempo expresa relaciones de poder, jerarquías económicas y una persistente división sexual del trabajo que asigna a las mujeres la responsabilidad principal de sostener la vida. Las encuestas de uso del tiempo han mostrado de forma reiterada que mujeres y hombres no solo realizan actividades distintas, sino que disponen de grados muy desiguales de autonomía sobre su jornada. Quien carga con el cuidado dispone de menos tiempo propio, menos capacidad de elección y menos margen para construir un proyecto vital en condiciones de igualdad.
Desde la economía feminista, esta constatación obliga a desplazar la pregunta desde el cuánto produce la economía, a qué vidas sostiene, sobre qué trabajos se apoya y quién paga el coste de esa sostenibilidad.
La invisibilidad de los trabajos no remunerados de cuidados no es un descuido técnico, sino una expresión del contrato sexual de la economía: el mercado aparece como espacio central de valor, mientras la reproducción cotidiana de la vida se considera una responsabilidad privada, feminizada y disponible. La economía convencional ha construido buena parte de su relato sobre un sujeto aparentemente autónomo, racional e independiente, como si pudiera trabajar, consumir y decidir al margen de la fragilidad, la interdependencia y la ecodependencia que atraviesan todas las vidas. La economía feminista impugna esa ficción y muestra que cuidar, cocinar, limpiar, criar, acompañar o sostener vínculos también produce valor social y económico, aunque no siempre se contabilice ni se remunere.
Por eso, el análisis de los usos del tiempo es una forma de hacer visible la estructura de la desigualdad.
Y estas desigualdades no son fallos aislados, sino el resultado de una organización social del tiempo que sigue respondiendo a una lógica productivista. El empleo remunerado continúa situado en el centro de los derechos, los horarios y el prestigio social, mientras los cuidados se desplazan al ámbito privado. Esta lógica genera un conflicto permanente entre el tiempo del mercado y el tiempo de la vida. La infancia, la vejez, la enfermedad, la dependencia, los cuerpos, los afectos y también la sostenibilidad ecológica tienen ritmos que no encajan con la disponibilidad ilimitada que exige la economía mercantil. Cuando no existen respuestas colectivas suficientes, el coste de ajuste recae sobre las familias y, dentro de ellas, sobre las mujeres. Ahí se reproduce una de las grandes trampas de la igualdad formal: reconocer derechos sin transformar la organización material que permite ejercerlos.
De ahí que las políticas de tiempo deban entenderse como políticas de igualdad y como políticas económicas.
En definitiva, cuando el tiempo no remunerado se concentra de forma sistemática sobre las mujeres, se convierte en un mecanismo estructural de empobrecimiento. Empobrece porque reduce ingresos, limita oportunidades, deteriora la salud, restringe la autonomía y condiciona la participación social y política. Por eso, la feminización de la pobreza no puede explicarse únicamente a partir del empleo o de los salarios: exige analizar también quién sostiene cada día, y en qué condiciones, el trabajo imprescindible para la vida. Visibilizar, reconocer y redistribuir el tiempo de los cuidados es una exigencia democrática y una condición indispensable para avanzar hacia una sociedad más justa.
Sobre todo ello y algo más hablé en la jornada sobre Los tiempos de las mujeres: Cuando el tiempo no remunerado empobrece.
Todas las ponencias de las jornadas están accesibles en canal de youtube de Mujeres por la Salud

