Pacto constituyente del paradigma feminista

Esta es una breve reflexión incluida en mi artículo ‘Desde la acción política feminista: instituciones y sociedad civil organizada transformando realidades‘ que aparece en el dossier de Economistas sin Fronteras nº 29. Economía feminista: visibilizar lo invisible.

Pacto constituyente del paradigma feminista

La Economía Feminista plantea el desarrollo de un proyecto ético de transformación social que se nutre tanto de la teoría crítica como de las resistencias feministas ante la beligerancia del (des)orden neoliberal internacional; el trasfondo es la necesidad de un cambio de paradigma, basado en la equivalencia humana y la justicia distributiva en su múltiple dimensión social, de género y ecológica. Considerar a las personas y a la naturaleza como fin en sí mismas y no como meros instrumentos para alcanzar otros objetivos es un cambio estructural que precisa redefinir, entre otros fundamentos, la teoría del valor y con ello replantearnos qué producimos, en qué condiciones, a cambio de qué y sobre todo, qué necesitamos realmente para vivir y para al bienestar global.

Se trata de provocar sinergias feministas para avanzar en la despatriarcalización de todos los ámbitos de la vida y en las estructuras organizativas e instituciones, en un movimiento que converge a la des-identificación colectiva con el capitalismo, a la que se refiere Judith Butler. La mayor garantía del buen desarrollo de este proceso vendrá dada en la medida en que consigamos, por una parte, ir desmontando el sistema de privilegios patriarcales otorgados a los hombres y el monopolio del poder masculino que todavía persisten; por otra parte, avanzar en un doble movimiento tendente a la desnaturalización de los cuidados con la consecuente redistribución equitativa de los mismos, y a la desmercantilización de la vida, diluyendo la excesiva preeminencia de los mercados en los ciclos vitales de los seres humanos y los seres vivos.

Necesitamos un cambio de paradigma y el enfoque de la sostenibilidad de la vida puede propiciarlo; sin embargo, será un proceso complejo, porque requiere volver a fraguar un pacto radicalmente democrático que identifique a las personas en su fragilidad e interdependencias de vida, en su autonomía relacional y ecodependencia, en vez de hacerlo desde la ficción patriarcal de un homo económicus individualista, independiente y falto de empatía social. Y es complejo, también, porque las trampas patriarcales y los ‘grandes relatos’ paternalistas que impregnan los proyectos de emancipación social actúan cual espejo inmovilista.

La cuestión que requiere de atención es si estamos realmente en condiciones de imaginar una organización socioeconómica más allá del juego suma cero que representa el orden de género. Y, de ser así, ¿cómo haremos converger dicho cambio con el criterio de justicia redistributiva?

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